Contarán historias sobre nosotros, estamos basados en hechos reales


Cuando la realidad supera a la ficción, los corazones se enternecen, los sombreros pasan de la cabeza al pecho acompañados de una mirada de aprobación, se repiten las mismas expresiones de incredulidad, los niños disparan su fantasía épica y los adultos ansían más adrenalina mientras vuelven a su rutina.

Cuando la historia es real, atrás quedan la intuición del genio y la complejidad del artesano, se abren huecos en los noticiarios y se replica, una y otra vez. En definitiva, se refundan la heroicidad, la valentía, la supervivencia y todas esas ideas conductoras de la imaginación y la literatura.

En el cine, la etiqueta de “basado en hechos reales” es un atractivo instantáneo. Cancela el pacto de credulidad del espectador, nos transporta más allá de la pantalla bidimensional. Está hablando de algo que ocurrió, ya no parece importar el guión ni la interpretación. El significado supera al significante, el sentido al símbolo.

No es de extrañar que las productoras esperen con ansia cualquier desastre, accidente o desesperación. Son una mina de oro. Hace unos días se anunció que The 33, la película sobre los mineros chilenos que estuvieron atrapados durante 69 meses, ya contaba con directora: Patricia Riggen.

La mexicana, con un guión de José Rivera (Diarios de una motocicleta, On the road), se encargará de explicar los dos meses de agonía. Eso sí, en inglés y financiada por Phoenix Pictures, que se ha encargado de películas como Shutter Island o Zodiac, pero también de Mandíbulas.

Fechada para 2014, esta importación de la realidad al cine tiene, a priori y de forma muy esbozada, dos polos posibles entre los que puede pendular. O bien el crudo relato realista del conflicto entre treinta y tres personas en estado de emergencia, aunado al espectáculo políticomediático que se generó del asunto, o bien una oda al compañerismo, al aguante y a la fuerza del minero, del chileno, o de los dos a la vez.

De la misma manera que les ocurrió a dos películas representativas de este subgénero de supervivencia agónica: 127 horas, más recientemente, y Viven, como clásico en el recuerdo de la mayoría. Pero reluce otra cuestión de fondo para todas estas películas etiquetadas como reales, que es justamente la ‘cineficación’ de estas historias, la adaptación al lenguaje del cine pero también de las expectativas del espectador.

James Franco en 127 hours, de Danny Boyle

Porque, en realidad, se trata de la segunda producción en torno al derrumbre. La primera, Los 33 de Atacama, la cofinanció Antena 3, que colocó a un director de su plantilla de series. Una película que apenas tuvo repercusión ya que desde fue concebida como tv movie. Algo rápido, entretenido y no demasiado complicado para una noche de viernes. A diferencia de lo que puede ser la producción estadounidense, más cargada de tensión para aguantar las dos horas en la butaca. Incluso en el mismo año 2010 surgió el bulo de que Chuck Norris participaría en alguno de los proyectos.

Pese a estos usos más o menos estrambóticos del sufrimiento humano, no creo que se trate de criticar al cine, ya sea como arte, mercado o narrativa histórica, como único culpable de aprovecharse de los desastres. De hecho, casi les viene dado en bandeja, ya que el trato mediático de estas “crisis” propicia la ficcionalización sensiblera cuando se centran en este caso sin haber prestado atención a los otros accidentes que ocurrieron en las minas de Chile.

Como consecuencia, la espectacularización no es solo un valor del cine, lo es de la propia realidad, explicada y magnificada un millón de veces para convertirla en un culebrón o en un acontecimiento histórico. Queda por preguntar entonces, ¿de qué sirve la etiqueta basado en hechos reales cuando el telenoticias original casi utilizó los mismos efectos especiales? ¿

A falta de imagenes de The 33, el trailer del telefilm de Antena 3, para captar el espíritu.

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